viernes, 1 de agosto de 2014

Rumbo a algún lugar

Anochecía y conforme la oscuridad se iba apoderando de la calle, más gente la abandonaba para volver al cómodo calor del hogar. Sin embargo a él le gustaba la sensación de tranquilidad que ofrece en ocasiones la soledad. Con el paso del tiempo, se había dado cuenta de que cuando algo va mal, lo primero que uno tiene que hacer es recordarse a si mismo lo mucho que se quiere, porque esa es por suerte o por desgracia la única persona que va a pasar con nosotros toda la vida…

La realidad es que de nada sirve castigarse echándose la culpa de que todo se haya ido al traste, porque normalmente, de esta manera el dolor se queda más dentro y es mucho más complicado librarse de el. Es verdad que conforme maduras y creces te vas dando cuenta de las pocas personas que realmente merecen la pena, pero aun así, cuando alguien importante desaparece sigue siendo catastrófico volver a recomponer los pedazos que quedan de ti.

De repente, sonrió, quizá porque se dio cuenta de que conforme habían pasado los años, cada persona que había salido de su vida le había dado cierta fuerza para poder afrontar las despedidas con una admirable dignidad. Se alegraba de ello. Quizá esta vez también fuera así, y pudiera librarse pronto de esa horrible sensación que le revolvía el estomago. Suponía que era algo de lo que no podría librarse y no se equivocaba…pero esa noche, con el frio de la madrugada envolviéndole en su soledad, acabo por darse cuenta de que lo que te ocurre en la vida está siempre guiado por los ojos con los que decidas mirarlo.

A lo mejor era el momento de cambiar el modo de ver las cosas, y empezar a ser un poco más optimista, respecto al futuro y sobre todo al pasado, para así poder soportar el presente de un modo mucho más agradable.

Se levantó y empezó a caminar con la cabeza alta, y mientras amanecía se veía su sombra avanzar por las calles rumbo a algún lugar. Yo diría que cualquiera con uso de razón se hubiera dado cuenta de que esa noche, fue la primera noche del resto de la vida de aquel chico.


Elena Garrigós

lunes, 28 de julio de 2014

La Dama de la Noche

Llegó al cabaret como cada domingo, colgó su gabardina empapada en lágrimas, fuera llovía mucho y no era la primera vez que pasaba. El sol despedía su sensual espectáculo para presentar a la que sería su próxima estrella, llegaba la dama de la noche, la que a él más le gustaba y a la que cantaba en silencio. Con ella pasaba las horas embobado en su mirada sin saber que decirle, su piel color perla y sus ojos color azabache no hacían más que recorrer el páramo de imágenes que residían en su mente.

Tenía poco tiempo y mucha tinta por lo que no sabía por dónde empezar. Empezó a vestirla de cuartetos con toques de tercetos para darle color, añadía carmín al terceto y metáforas a sus mejillas de tal manera que siempre llevara la palabra bella con ella. Brillaba con luz propia pero aquellas pupilas puras e inocentes no hacían más que enamorarlo y a su vez por casualidad mirarlo.

Se recostó en aquella butaca roja medio rota para disfrutar del sensual espectáculo. Ella bailaba sin parar de mirarle y él no paraba de beber sin dejar de mirarla, aquella escena parecía que estuviera pintada solo para ellos dos. Se dejaba una parte del alma mas propina en aquel sitio pero es lo que le hacía vivir. Soñaba con regentar alguna vez un sitio como ese o al menos a una de las artistas.


Salió a la mojada calle y se dirigió a la salida trasera donde le esperaría ella para llevarla a casa como todos los domingos. Él encendería un mechero y ella sacaría un cigarro y lo acercaría al fuego mientras él se fijaría en el brillo del fuego reflejado en los ojos de esa dama que una vez fue suya.

viernes, 17 de enero de 2014

Obra macabra

Y se abrió el telón
casi sin querer,
de protagonista un corazón
que su papel no alcanza a comprender.


Comienza la obra de un escritor acabado, donde está claro quién será el protagonista. Pero el papel de la doncella no le quedaba claro, pues todas le parecían perfectas para aquella oportunidad. Podía ser la última obra o la primera, eso dependía del público.


El protagonista conocía a la doncella
de un intento de relación
que se alimentaba de pena
y del desuso del corazón.


Los papeles están asignados y sólo queda ensayar, el papel de una vida, donde un fallo quedaba marcado con un nombre en forma de cicatriz. Un error que habría que llevar al final de la obra si es que lo tiene. El nombre quemaría cada vez que la doncella sonriera al protagonista. Él la miraría embobado esperando a que ella soltara ese suspiro de risa que tanto le gustaba.


Él guardaba  con fervor cada minuto a su lado
ella bebía de cada frase que le soltaba
sobre todo aquella que le dejaría clavada
de al terminar acceder a un ensayo privado.


El escritor observaba la complicidad entre ellos desde el palco más alejado, el joven le recordaba a él pero con más nombres ardiendo en su pecho. Tardo en darse cuenta que importaba más en vivir su presente que preocuparse en cómo hacer su futuro. Si venían las preocupaciones él las pintaría con su pluma haciendo vulgares versos que quedarían en la memoria de los espectadores más soñadores. Si venían las alegrías él las retocaría en forma de canción para que sean más fáciles de recordar. Si venían mujeres él les regalaría una de sus rosas negras que siempre le dieron, para mostrarles que debían buscar a otro poeta con menos fluidez a la hora de entregarles su corazón.


Llegó el baile de los dos enamorados
donde sus corazones quedarían presos
y los segundos en el tiempo dejarían helados
mediante amor y la ayuda de unos besos.


La obra daba comienzo, se levantó la sabana y aparecieron ellos dos. Ella vestía un camisón rojo de seda y él un pantalón del mismo color. Llovían pétalos mientras ellos comenzaban a pelear abrazados, él se dedicaba a atacarle al cuello mientras ella sufría el momento. Ella le agarró el pelo con saña, mientras que le pegaba en la boca, le decía lo mucho que lo odiaba y él parecía estar sufriendo. Muchos intentaban separarlos pero no podían lograrlo, pues aquellos dos se odiarían por siempre hasta la muerte.


El sufrimiento apasionado corría por la almohada
mientras el público observaba maravillado
como los actores se mataban por nada
y al escritor sorprendido dejaban callado.


Las luces del teatro se encendieron de golpe y enfocaron a los protagonistas. El público aplaudía sin cesar y ellos se miraban igual. Saludaron a todos con mucha entrega, y al ver al escritor los dos le mandaron un beso.


Ella vestía un camisón rojo de seda y él un pantalón del mismo color, el escritor simplemente una camisa negra y unos pantalones blancos

miércoles, 16 de octubre de 2013

Sinfonía intermitente

La pianista se sentó para empezar a interpretar aquella partitura improvisada de la que apenas recordaba el orden de las notas que debía tocar.

Retorciendo las notas una a una iba pensando en el dolor que tuvo que pasar para llegar hasta donde estaba. Cada lágrima segregada no era más que otra nota añadida a la partitura que hacía que la canción se volviera más oscura con el tiempo.

Solamente había que fijarse en el público que yacía en aquel teatro expectante de cómo se desarrollaría la trama de aquella experiencia musical. En la fila de enfrente se sentarías los aristocráticos ya sordos del lujo de poder acudir a esta clase de eventos cada día.
Dominando el piano iba apretando los dedos con cada tecla haciendo resonar su corazón cada vez con más intensidad. En los balcones de la derecha estarían las canciones que compusieron el dolor de la pianista capaz de hacer que aquella partitura fuese real.

Sintiendo la música fluyendo por sus dedos podía notar el esfuerzo y el dolor de cada nota por salir de aquella prisión hecha de blanco y negro. En los balcones de la izquierda estarían las oportunidades perdidas gracias a las canciones que tanto bien hicieron en su vida.
            Mientras seguía tocando las paredes del teatro iban contrayéndose de manera que cada persona escucharía un tono más con cada nota, una palabra más con cada sonido, un sentimiento más con cada tecla.

            Fatigada seguía tocando como si el tiempo no pasase, pues quería demostrar a todo el mundo que estaban equivocados con ella. Cada nota se elevaba y descendía con rabia fracturando la coraza que tuviera en ese momento ella en su interior. Con cada latido pulsaba una tecla haciendo más fácil añadir notas a la partitura que más tarde destruiría a base de lágrimas de alegría. En cada una de ellas depositaba un recuerdo amargo y un nombre, de esta manera pulsaría las teclas con más odio y con más rapidez.

Si una sinfonía tenía tres partes, la suya se estaba haciendo más larga e irregular con el tiempo, tanto que no sabía cómo debía acabar. Tal vez un beso, tal vez un adiós, la cuestión es que tenía que decidirse ya.

Entonces se fue deteniendo poco a poco, tocando con más lentitud y a su vez más dulzura. La canción verdadera que marcaria  su vida se encontraba fuera de aquel teatro abandonado, ¿debía tomarla?


Tomo aire y se dispuso a tocar las últimas notas, terminando aquella infernal sinfonía en Si

miércoles, 2 de octubre de 2013

Joyero libertador

Primero vio el azabache, que le recordó a la larga carretera que peinó hasta llegar a encontrarse ante esos grandes zafiros en los que le gustaba mirarse. Aquellas dos gemas eran sus favoritas, pues en ellas se veía reflejado, a él, el resto de su colección y a lo lejos veía aquella preciosa prisionera atada con cadenas al suelo como siempre estaba.

Luego pasaría a ese cuarzo rosa tan hipnótico que nunca sabia cuando dejar de besar. Él pensó que engarzando entre ellas conseguiría la mayor joya que nunca hubiese visto el mundo, y quizá hubiera encontrado la felicidad con ellas. No podría saber que aprisionándolas les quitaba valor, les quitaba la magia, les quitaba el color.

Rodeo su imponente escultura  de hielo y mármol, solo un artista de buena fama podría haber hecho esa obra tan frágil y fuerte a la vez. El tacto que ofrecía te entregaba un sinfín de sinónimos de belleza pero aun sin saber lo que había dentro, él sabía que yacía tristeza mezclada con alegría, quizás por haber sido manejada por otros mediocres artistas que no supieron tratarla como era adecuado. Era una Venus recién salida del cuadro y debía protegerse como si se tratase de una diosa, por eso estaba detrás de un cristal reforzado con grietas acumuladas en el interior.

Y por fin el más preciado objeto de deseo después de los grandes zafiros, su gran diamante. Quizás igualaba el valor de todas las joyas que tenía en aquella apagada pero eficiente tienda que logró albergar a varias modelos antes de que una le prendiera fuego a la tienda e intentara liberar sus joyas. Un diamante  que le servía para vivir, que le daba la magia necesaria a los otros componentes para hacer a la colección toda una perfección.

El joyero la miró enamorado y apenado a la vez, pues además de ver su brillo veía el reflejo de una vitrina aislándola del mundo exterior. Aislándola de poder hacer feliz a un hombre a modo de regalo para su amada, o formando parte de un complemento de lujo para una famosa, o simplemente pasando a las manos de una niña que las guardaría como un tesoro hasta dárselo a su hija. El joyero se sacó la llave maestra del bolsillo del pecho, y dejó libre a las joyas, estas viajarían por el mundo llenándolo de sonrisas y de alegría. El joyero quedaría solo pero orgulloso por haber cuidado tan bien de ellas, desde que eran pequeñitas hasta que supieron buscar su camino en la vida.


Pues toda gema es más bella sin las cadenas.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Gloriosa maldición llamada amor


Siempre que podía organizaba una visita aquella casa encantada, me gustaba pasar miedo con los fantasmas de ella o incluso los míos.

 Entré de pequeño buscando refugio de una tormenta intensa, que hacía que me estremeciese con cada trueno, claro que por aquel entonces no sabía lo que habitaba ahí.
Me quedé atónito al ver aquella presencia, no se distinguía una cara, solo era una voz amable que me ofreció una manta para el frío, una taza de chocolate y una buena conversación. Cuando me quería dar cuenta ya me había abrazado y yo no sabía que sentir, era la primera vez que me abrazaban y era una sensación muy mágica y creí que debía devolvérsela. El día que decidí devolvérselo me echo de la casa como si de un extraño se tratase, con aquella terrorífica experiencia descubrí el daño que podía hacer una presencia que aunque creí conocerla no fue así.

Unos años más tarde no podía creer que buscando otros sitios que visitar encontraría la casa de mis pesadillas, esta vez parecía más distinta, más segura.

Al entrar observé que estaban todos los muebles cambiados de sitio pero eran los mismos que la primera vez, a excepción de un cuadro de aquella vieja amiga que en su día me ofreció cobijo. Bajó de las escaleras otra de ellas, también sin rostro como la primera pero más bella que aquella. Al parecer me conocía de antes, y en el fondo creo que yo también. Me ofreció la misma manta usada que la primera, me la puse y empezamos a hablar mientras tenía recuerdos de la primera vez, me preguntaba si acabaría igual. Esta vez fue distinto e igual al mismo tiempo, me dijo que aceptaba el abrazo pero no estaba preparada para recibirlo, así que me invitó a salir de casa. Estuvo unos meses intentando saber de mí pero yo me escondía de ella, por rabia quizás. Al final cedí a su plan de ser amigos y de momento estamos geniales.

Pasaron años hasta que volví a encontrarla, parecía más desgastada con los años pero parecía estable así que decidí entrar otra vez, esta vez más optimista.

Como ya presentía un nuevo cuadro estaba en la colección, mi amiga, mi segundo fantasma. La nueva dueña de la casa parecía más propensa a darme el ansiado abrazo pero después de aquellas dos no sabía que pensar. Algo raro me pasaba al verla, parecía la misma que las otras dos, mismo cuerpo, misma cara borrosa, igual mi subconsciente había hecho en todas las presencias de la casa una imagen de la primera. Para que contar de qué hablamos si lo que importa es que no conseguí lo que quise, aunque lo intenté dos veces, lo mejor sería mantenerla en la lista de contactos para dentro de unos años reírnos de todo esto sentados en un sofá con una buena taza de chocolate.

Nunca creí que volvería a aquella casa del infierno, donde otros salían felices y yo no hacía más que fracasar una y otra vez, me estaba volviendo loco y ya no sabía qué hacer con ella. ¿Debía quemarla? ¿Debía decirle a todo el mundo que entrara solo para que pasara por lo mismo que yo? Decidí que debía alejarme de allí por un tiempo hasta que el tiempo me cruzara con ella otra vez.

Entonces fue cuando un amigo me hablo de ella, una media naranja quizás, no lo podía saber, residía en una casa de campo muy lejos de donde yo vivía, así que decidí ver si valía la pena. Me recibió con los brazos abiertos como yo lo hubiera hecho, me ofreció una bebido como yo lo hubiera hecho, me sonrió como yo lo hubiera hecho. Después de todo lo que había pasado decidí que si tan parecida era a mí, debía conseguir que no hiciera lo mismo que yo, debía quedarme a su lado sin que el maldito pincel se lograra alzar otra vez.


Esta vez debía estar colgado yo.

sábado, 10 de agosto de 2013

La razón de mis alegrías/penas.

No sé por qué, desde que te conocí presentí que íbamos a acabar así de bien/mal. Iban pasando los días y vi lo mucho que te quería/odiaba por todas esas anécdotas/chorradas que tanto amaba/odiaba.

Al cabo de un tiempo ya estaba enamorado/harto de ti, sólo con tenerte en mi mente me salían sonrisas/lágrimas por el bien/mal que habías dejado en mi interior. Cada día estaba mejor/peor sabiendo que estabas ahí.

Y lo mejor fue aquel día que me diste lo que esperaba, aquello que tanto necesitaba para vivir.

Aquel beso/adiós.